LAS CINCO ÁGUILAS BLANCAS.
Tulio Febres Cordero (1860-1938)
Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del firmamento; cinco águilas
enormes, cuyos cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los
cerros y montañas. Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del
firmamento; cinco águilas enormes, cuyos cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas.
¿Venían del Norte? ¿Venían del Sur?, La tradición indígena sólo dice que
las cinco águilas vinieron del cielo estrellado en una época muy remota. Eran
aquellos los días de Caribay, el genio de los bosques aromáticos, primera
mujer entre los indios Mirripuyes, habitantes del Ande empinado. Era hija del
ardiente Zuhé y la pálida Chía; y remedaba el canto de los pájaros, corría
sobre el césped como el agua cristalina, y jugaba como el viento con las flores
y los árboles.
Caribay, vio volar por el cielo las enormes águilas blancas, cuyas
plumas brillaban a la luz del sol como láminas de plata, y quiso adornar su
coraza con tan raro y espléndido plumaje. Corrió sin descanso tras las sombras
que las aves dibujaban en el suelo; salvó los profundos valles; subió a un
monte y otro monte; llegó, al fin, fatigada a la cumbre solitaria de las montañas
andinas. Las pampas, lejanas e inmensas, se divisaban por un lado; y por el
otro, una escalada ciclópea, jaspeada de gris y esmeralda, la escala que forman
los montes, iba por la onda azul del Coquivacoa.
Las águilas blancas se levantaron perpendicularmente sobre aquella altura hasta
perderse en el espacio. No se dibujaron más sus sombras sobre la tierra.
Entonces Caribay pasó de un risco a otro risco por las escarpadas sierras,
regando el suelo con sus lágrimas. Invocó a Zuhé, el astro rey, y el viento se
llevó sus voces. Las águilas se habían perdido de vista, y el sol se hundía
ya en el ocaso.
Aterida de frío, volvió sus ojos al Oriente, e invocó a Chía, la pálida Luna;
y al punto se detuvo el viento para hacer silencio. Brillaron las estrellas, y
un vago resplandor en forma de semicírculo se dibujó en el horizonte. Caribay
rompió el augusto silencio de los páramos con un grito de admiración. La luna
había aparecido, y en torno de ella volaban las cinco águilas blancas
refulgentes y fantásticas. Y en tanto que las águilas descendían
majestuosamente, el genio de los bosques aromáticos, la india mitológica de los
Andes moduló dulcemente sobre la altura su selvático cantar.
Las misteriosas aves revolotearon por encima de las crestas desnudas de la cordillera,
y se sentaron al fin, cada una sobre un risco, clavando sus garras en la viva
roca; y se quedaron inmóviles, silenciosas, con las cabezas vueltas hacia el
Norte, extendidas las gigantescas alas en actitud de remontarse nuevamente al
firmamento azul. Caribay quería adornar su coraza con aquel plumaje raro y
espléndido, y corrió hacia ellas para arrancarles las codiciadas plumas, pero
un frío glacial entumeció sus manos: las águilas estaban petrificadas,
convertidas en cinco masas enormes de hielo.
Caribay da un grito de espanto y huye despavorida. Las águilas blancas eran un
misterio, pero no un misterio pavoroso. La luna se oscurece de pronto, golpea
el huracán con siniestro ruido los desnudos peñascos, y las águilas blancas
despiertan. Erizándose furiosas, y a medida que sacuden sus monstruosas alas el
suelo se cubre de copos de nieve y la montaña toda se engalana con el plumaje
blanco.
Este es el origen fabuloso de las Sierras Nevadas de Mérida. Las cinco águilas
blancas de la tradición indígena son los cinco elevados riscos siempre
cubiertos de nieve. Las grandes y tempestuosas nevadas son el furioso despertar
de las águilas; y el silbido del viento en estos días de páramo, es el remedio
del canto triste y monótono de Caribay, y el mito hermoso de los Andes de
Venezuela.
Tulio Febres Cordero
(Mérida, 1860-1938) Polígrafo venezolano. Publicó trabajos históricos y
literarios en diversos periódicos, posteriormente recogidos, en parte, en
Archivos de historia y variedades (1930). Es asimismo autor de Etnografía
americana (1892), Los mitos de los Andes (1900), Tradiciones y leyendas (1911),
Colección de cuentos (1912). Por otra parte, inventó la imaginotipia
(reproducción de imágenes con sólo tipos de imprenta), perfeccionó la
foliografía (reproducción gráfica de las hojas de las plantas) y escribió una
Historia de la imprenta en Venezuela (1906).
La leyenda del Guaraira- Repano
Se cuenta que hacen muchas lunas los primeros habitantes del valle de
Los Caracas, fueron castigados por sus Dioses por haber profanado varias de sus
leyes. El castigo vino del cielo en forma de tormentas y torrenciales aguaceros
que azotaron durante días con sus noches a los pobladores del majestuoso
valle. Los Chamanes se reunieron para conjurar el castigo, en alucinados
rituales alrededor de las hogueras, que ardían con las pocas ramas secas que habían logrado salvar de la humedad. La tempestad de tantos días empezaba a
sumergir las tierras bajas y los cultivos eran arrasados por los torrentes y ríos
crecidos, los animales de caza se retiraban a sus madrigueras más recónditas
haciéndose así, cada vez más insostenible la vida de las tribus asentadas en
el valle.
Los rituales, danzas, sacrificios y conjuros de los Chamanes no lograban
detener lo que habían profetizado los ancianos de las tribus: – Los Dioses
lanzarán su ira sobre el pueblo aborigen del Valle de Los Caracas como castigo
a sus desafueros, violaciones e irreverencias a los espíritus que habitaban en
los ríos, bosques y montañas. Las tribus ante la impotencia de los conjuros
chamánicos, se congregaron como una sola humanidad alrededor de las moribundas
fogatas, las madres con sus hijos famélicos adheridos a sus cuerpos, buscaban
calmar su frío y su hambre, los hombres ensimismados en su resignación, miraban
como se extinguía él ultimo aliento de fuego que les quedaba.
De pronto un estruendoso sonido se habría paso entre las hondonadas del
cerro y una gran ola que pensaban venia del mar, como un sobrenatural golpe
mortal arrasaba con piedras, árboles y animales, presagiando la extinción de
toda vida sobre la tierra. Frente a su destino y como una sola voz, un
desgarrador llanto de arrepentimiento salió de la garganta de todos los
habitantes del valle, mientras sus espíritus se elevaban pidiéndole clemencia
a los dioses de las tierras del mas allá.
Y fue tanto su clamor y el llanto arrepentido de este pueblo que se hizo
el silencio y por el este apareció el Sol después de tantos días y un Arco
iris surcó todo el valle hasta el poniente. Todas las tribus voltearon hacia el
cerro reverenciando su imponente silueta coreando, -¡Guaraira- Repano!,
¡Guaraira- Repano!, que quiere decir la Ola que se detuvo y es leyenda que por
esta razón el Cerro ívila, cambia de colores con el paso del Sol, como lo hace
el mar.
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